SAM
Inambi mar inambi
Renacer, desde lo insondanle renacemos
Durante los últimos cien años de vida independiente de Uruguay, la idea predominante fue la de un país sin negros, sin indígenas, formado por los “descendientes de los barcos”, fundamentalmente españoles e italianos. Estas características habrían moldeado uno de los países más homogéneos del mundo y de la región sudamericana. La trilogía antes soñada (y hoy caduca) de un Estado nacional con una cultura occidentalizada, una nación mayoritaria dominante blanca y católica, y un lenguaje común, el español, parecía bastante lograda en este pequeño país cuando se comparaba con otros sudamericanos. ( Arocena, 2013)
Estudios genéticos actuales establecen que un tercio de la población en nuestro país tiene ascendencia indígena por línea materna. Los niveles de autoidentificación alcanzaron en el último censo de los que tenemos datos, realizado en 2011, apenas un 5% reconoció esta ancestría1. Según la Doctora Mónica Sanz quien ha liderado estos estudios la discordancia entre la ancestría aceptada y los datos genéticos estarían relacionados con la “ruptura entre el pasado y el presente, el ocultamiento y la falta de referencia sobre ancestros no europeos, la lejanía en el tiempo, y tal vez el hecho de que el aporte indígena provenga fundamentalmente por vía femenina” (Sans, 2015).
En esta realidad si se torna difícil el tránsito personal, mas aún el colectivo. Y ha sido y será, en el diálogo establecido desde el relato individual en el colectivo, desde donde deviene la resurgencia indígena en nuestro país. Entendiendo que en muchos casos, quizás no tenemos la absoluta claridad de quienes somos integralmente, podemos afirmar que estamos despejando aceleradamente que es lo que no nos identifica, lo que hemos sido en muchos casos y lo que no queremos ser o continuar siendo. A este proceso habremos de entenderlo en lo que se ha denominado proceso de decolonización del pensamiento. Esto alcanza a la persona y al colectivo sea cual este fuera, en el marco de interacción social del encuentro de culturas diversas, en marcos comunes. Ante una misma situación, la interpretamos de manera diferente, resolvemos de otras formas, concebimos la Vida y el Territorio como una Unidad y también con nuestro cuerpo y espíritu, nos manifestamos con un a peculiaridad que es necesario reconocer, refirmar y expandir.
Entendiendo -al decir de Marta Rizo- a la cultura como el “principio organizador de la experiencia humana; como un sistema abierto de significaciones que permite que cada sociedad sea considerada en su singularidad y, por último, como un conjunto de códigos (normas, estilos de vida, comportamientos, cosmovisiones, etc.) a través de los cuales los seres humanos dan forma a su experiencia o existencia cotidiana. Códigos, todos ellos, que requieren inevitablemente de procesos comunicativos. La relación entre comunicación y cultura es, por lo tanto, natural” (Rizzo, 2013). Por lo mismo es que comprendemos la importancia sustancial de la acción comunicativa a través de todos los medios de comunicación e información posibles, para reafirmar y destacar la sustancia que nos hace Ser, desde la tierra de los negados e invisibilizados “nueva savia”. Para que esta nutra los cambios necesarios, en favor de nuestros Pueblos relegados históricamente en lo social, cultural y económico. Demostrando una vez más, que quienes aparentemente no teníamos voz, era solamente por una situación circunstancial, porque nos mantenían silenciados.
1 Los resultados que arrojó el Censo 2011 sobre una población total de 3.251.651 la población que reconoce ascendencia indígena sería de 159.319, en tanto si nos atenemos a principal ascendencia la cifra disminuye a 76.452 representando el 2.4% del total de la población del País.